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viernes, 1 de junio de 2012

LA VIDA SALTA DE GOZO Y ALEGRÍA

Lucas 1, 39-56. Por aquellos días, María se...

Sin embargo parece todo lo contrario en este mundo donde nos toca vivir nuestra hora. No parece que la vida sea un motivo de alegría, ni tampoco de gozo. Parece, o se ha convertido, una operación mercantil, donde la vida del niño o niña no es sino un objeto a decidir.

¿Qué hubiese sucedido si Jesús decide venir en esta época a este mundo? ¿Podría haber nacido? No cabe ninguna duda que tendría que elegir muy bien a su madre. De ser María de este tiempo, sería nuevamente la elegida, porque ella fue la sencilla, humilde, obediente, confiada y entregada a dejar que el Señor hiciese maravillas según su Voluntad.

María acepta su maternidad confiada y esperanzada, pero no por eso exenta de riesgos y peligros. Sabe, aunque no lo entiende, que algo va a suceder. Intuye que su Hijo trae una misión redentora, y que eso la implica también a ella. Supone dolor y sangre, pero aun así exclama: "Hágase tu Voluntad".

No hay cosa más grande que ser madre. La maternidad es el don más hermoso que una mujer lleva dentro de sus entrañas. Pero ser madre supone aceptar la maternidad con y desde el amor. Sin condiciones al hijo que nace, acogiéndolo tal y como es, porque dibujarlo a nuestra medida supone, más que amor, egoísmo, intereses y desamor. El hijo no se encarga o elige, sino nace del fruto y compromiso del amor.

Amor que se responsabiliza en acompañarle a crecer, a madurar y hacerse capaz de responder a ese amor, dándose y entregándose. Y eso implica a toda la familia. El servicio se hace necesario, imprescindible, y, por eso María corre llena de gozo a servir a su prima Isabel, pero también a servirle en su embarazo.

Y ocurre que, Juan, nacido ya en el vientre de su madre, salta de alegría y gozo al serle revelado que el Mesías gravita lleno de vida también en el seno de su Madre María. Hay vida desde la concepción, vida que solo pertenece a su Creador, y que el hombre no puede erigirse en dueño de ella.

Padre del Cielo, por los méritos de tu Hijo Jesús, ilumina las mentes de todas esas madres que, cegadas por las luces de este mundo, sometidas por su propia humanidad, y tentadas por el Príncipe de este mundo, condenan a sus propios hijos, nacidos en el vientre de sus madres, a una muerte sin defensa arrebatándoles la vida a la que tienen derecho. Amén.

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