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viernes, 4 de febrero de 2011

SABIAN, POR EL ESPÍRITU, QUE ESE NIÑO ERA EL HIJO DE DIOS

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«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones». 

Hace tiempo me vino a mi corazón este pasaje del Evangelio como respuesta a un amigo, que todavía anda buscando, sobre la veracidad del Evangelio. Treinta y tres años antes un personaje común, ni era levita, ni escriba ni doctor de la ley, tan solo un hombre justo y piadoso que esperaba la consolación de Israel.

Realmente esto es un milagro que pasa desapercibido, pues profetizar con mucho tiempo de antelación el futuro de ese Niño DIOS y el padecimiento de su Madre es algo que se sale fuera de lo común. ¿Dónde hay un libro que prediga lo que va a pasar treinta y tres años antes? Y es que la Biblia está llena de profecías (Isaías y otros) cientos de años antes hasta que tienen su cumplimiento en la plenitud de los tiempos: JESÚS.

Cuando no buscamos la verdad sino mi verdad, la que a mí me gustaría encontrar, nuestros ojos y oídos se cierran a la Verdadera Verdad, porque no se trata de encontrar lo que tú esperas sino lo que DIOS quieres que encuentres. 

Simeón podía imaginar como iba a ser ese Niño, o esa Madre, o el escenario donde lo vería de forma muy distinta a cómo lo vio. Puedo suponer que nunca pensó encontrarlo de la forma que lo encontró, pero su búsqueda era verdadera, estaba puesta en las Manos de DIOS, y cuando eso ocurre nuestros ojos ven la Verdad por la Gracia de DIOS.

Lo mismo ocurrió con Ana, pobre viuda octogenaria que nadie advertía ni daba importancia. Un señor mayor, Simeón, sencillo de poca relevancia social, y una pobre viuda de ochenta y cuatro años fueron los elegidos para proclamar, después de los pastores en Belén, la venida de DIOS al mundo.

DIOS elige y se vale de la gente pobre, sencilla, de poca valía social, sin prestigio ni influencia, para proclamar la venida de su HIJO. De forma que los que crean lo hagan por propia fe y convencimiento desde lo más profundo de su corazón al sentirse necesitado de un PADRE Bueno que los salve, y no por el poder, prestigio e influencia de aquellos que se lo proclaman. Así no podrán pensar que creen por los méritos de los proclamadores ni engreírse de sus valías.

Haz, SEÑOR, que mi corazón
sea humilde, humilde para
esperarte, para necesitarte,
para sentirme liberado
por tu amor eternamente. Amén.

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